La Ciencia de las Relaciones

 


Uno de los aspectos que más puede dar de que hablar es el de las relaciones de pareja y es que, emitiendo un análisis rápido, es un mundo complejo que comprende la convivencia de dos caracteres sin lugar a dudas, distintos (aun con las cosas que puedan tener en común) y que por consiguiente deben ser “ajustados” de manera tal que ninguno de los cónyuges resulte vejado, maltratado o de alguna manera afectado por el otro.

 


En este orden de ideas no podría decirse que llegar a cohabitar con otra persona sea un asunto sencillo, pero, al contrario, no es una empresa imposible. Es posible alcanzar el éxito en la relación, pero ese éxito no puede ser ejemplarizado únicamente al considerar exitosa a “la pareja de mis abuelos quienes tuvieron cuarenta años juntos y los separó la muerte” ya que hay variables que deben analizarse en cada caso en particular, por ejemplo, la felicidad ¿realmente fueron felices mis abuelos? Y aquí pueden entrar en juego aspectos como la costumbre. Con cierta razón la gente, ante determinadas hechos, suele hacer afirmaciones como “es que a ella le gusta que la traten así” y tal vez no se trate de que le guste, lo que podría estar ocurriendo es que su nivel de tolerancia abarcó incluso la infame conducta de su pareja de manera que aquello se convirtió en la costumbre de aceptar, quizás no todo, si muchas cosas. Ese nivel de tolerancia también podría estar motivado por sus condiciones económicas: tienen uno o dos hijos y ella considera que de quedar sola tendría que lidiar con esas dos “cargas”, o que los beneficios de vivir con todos los lujos que aporta su compañero(a) adinerado(a) justifica ciertos “tragos amargos” ¿Podría hablarse entonces de una relación exitosas?

Pero, como hemos dicho, si se puede alcanzar el éxito en la relación. Tal vez veamos a ciertas parejas interactuar de la manera ideal, respetando las consideraciones del otro, complementándose en la toma de decisiones,  evitando modos de conducta lesivos y manteniendo relaciones relativamente duraderas. Pero… ¿Cómo lograr esto?



Tal vez sea necesaria una doctrina o, mejor decir, una instrucción o curso para quienes aspiren tener una relación de pareja, una enseñanza en la que se les hable de los valores, de las conductas a cambiar o evitar, a tener en cuenta los intereses de la pareja y otro arsenal de tópicos que de no tratarse llevarían indefectiblemente al fin de la relación.

Y es que las fallas de las relaciones también pueden conllevar aparejadas consecuencias como, por ejemplo, la práctica de vivir solo. En los países europeos el vivir sólo es realmente un modo de vida, se trata de personas que viven tranquilamente dedicados a sus trabajos, hobbyes, pasatiempos o a sus mascotas y en una gran cantidad de casos no tienen hijos. Por el contrario, en los países latinos y sobre todo en Venezuela, el vivir sólo podría no ser muy bien visto. Pero lo interesante es cuando esto se da después de tener una relación, reseñando, por supuesto, que esa soledad pocas veces llega a ser total, pues los hijos de esa convivencia infructífera están allí, principalmente tratándose de la mujer que es quien tiende a quedar con los hijos. Son casos en los que la fémina se dedica a la crianza y se despoja completamente de su parte amorosa, muchas veces porque “no le queda tiempo”, porque “no les llegó el candidato correcto” o debido a que la decepción fue tan monumental que decidió seguir su vida “sola”, pero afortunadamente, este último caso es de los menos comunes, al menos en nuestro país. Pero sea como sea, la mayoría de estos suele derivar de una mala relación de  pareja.

En este blog iremos abordando cada una de las variantes y los flagelos que pueden conducir a la ruptura de la relación, individualizarlos, y lo que deberíamos hacer ante ellos priorizando sobre todo la sanidad espiritual y moral ante todas las cosas.

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